Blog Helena Bellod

28/09/2020 | 0

CONFINAMIENTO: INTROYECTOS, POLARIDADES Y EMOCIONES.

El punto de partida es ver hasta donde me permito sentir y expresar cada una de las emociones básicas (enfado, tristeza, miedo y alegría). Además, darme cuenta de qué creencias o introyectos actuaban en mi casa, en el ambiente familiar: ¿qué emoción o emociones estaban permitidas? ¿cuál/es eran rechazadas? ¿qué emocion o emociones estaban prohibidas? ¿qué creencias había con cada emoción, implícitas o explicitas? Y por último ¿cómo me está afectando esto hoy en día? ¿sigo haciendo lo mismo? ¿Ha cambiado alguna cosa?
CONFINAMIENTO: INTROYECTOS, POLARIDADES Y EMOCIONES.

Desde que somos pequeños nuestros padres, profesores, etc, nos educan para aprender a convivir en sociedad y adaptarnos de la mayor manera posible a lo que nos depara la vida. Nos enseñan a como coger la cuchara, a como saludar, a como cruzar las calles, a como estudiar…entre una lista infinita de más cosas. Toda esta educación nos ayuda a desarrollarnos con las normas sociales para adaptarnos a nuestro entorno, y a realizar toda clase de aprendizajes. Estas normas de adaptación social y familiar son lo que la Terapia Gestalt (TG) llama introyectos. Forman parte de los introyectos, también, todas nuestras creencias, nuestros juicios, prejuicios y hasta los refranes familiares! Muchos de estos introyectos actúan de manera no consciente en nosotros, nos los hemos tragado sin digerirlos conscientemente y actúan en nuestro día a día sin que nos podamos dar cuenta.

Cuando somos pequeños y mamá nos dice: los niños no lloran o no seas vago pueden ser frases que de adultos nos afectan, mucho más de lo que pensamos. Cuando este mecanismo actúa, puedo estar sintiendo una sensación que identifico como extraña y no sé con qué relacionarla (se humedecen mis ojos, se me constriñe el pecho y no sé que estoy necesitando llorar). Puede ser que tenga ganas de llorar y no identifique la sensación porqué está el introyecto los niños no lloran, actuando. Así es como puedo sentir una sensación y no relacionarla con mi necesidad.

Del mismo modo, puedo estar muy cansado y no detectarlo para no ser vago y seguir acorde con el introyecto que me está influenciando y así, adentrarme en un sinfín de actividades y una vorágine de hacer, hacer, hacer…

Estos introyectos que nos afectan pueden ser explícitos y verbalizados, como los que hemos comentado hasta ahora, o bien implícitos.

Los introyectos implícitos no son verbalizados pero si mostrados. Por ejemplo: mama nunca descansa porque siempre hay cosas más importantes que hacer o mamá nunca llora ni expresa nada de lo que siente. Cuando suceden estas cosas, aunque no estén verbalizadas podemos adquirirlas de un modo implícito, sin darnos cuenta, imitando lo que hacen los otros y sin plantearnos que podemos descansar o expresar nuestros sentimientos por qué nadie me enseñó como hacerlo. Los introyectos implícitos son más difíciles de detectar y de traer a la consciencia.

La Gestalt se ha nutrido, entre otras disciplinas, del taoísmo, que es una tradición filosófica que habla de la complementariedad del ying y el yang.

En todo organismo, como en la naturaleza en general, los fenómenos actúan dialécticamente: No se puede conocer el sueño sin tener conciencia de la vigilia, es imposible la memoria sin la capacidad de olvido, no podemos calibrar el amor sin reconocer en nosotros la existencia del odio.

Los introyectos, ya explicados anteriormente, condicionan nuestras vidas y nuestras relaciones, y a la vez, son la base de las polaridades, en las que la Gestalt presta muchísima atención. La TG entiende al individuo como una secuencia interminable de polaridades, que van apareciendo en distintos momentos y que todas forman parte de nosotros. Parte de la idea de que todos tenemos dentro un sistema de opuestos (polos o polaridades), o mejor dicho, cada parte de nosotros tiene su correspondiente opuesto. Por ejemplo, soy bueno o malo, vago o trabajador, amoroso o arisco, simpática o antipática, extrovertida o introvertida,  y así una lista inacabable de adjetivos con los que me defino y me identifico.

De este modo, tenemos todos nuestros introyectos (aprendizajes realizados con nuestra educación, cultura, familia) que nos ayudan a ir polarizando y seleccionando algunos aspectos de nuestra personalidad con lo que nos identificamos, y consecuentemente provoca que rechacemos otros. Así, vamos formando nuestro autoconcepto y creando nuestra “identidad”. Por ejemplo, si mi madre me dice: no llores! cuando algo me ha dolido (física o emocionalmente), no te enfades! cuando me están obligando a hacer algo que no me apetece porque los niños buenos no se enfadan, o no tengas miedo a la oscuridad! porque hay que ser valiente. Aquí, voy a ir aprendiendo y asumiendo en mi identidad que “soy una persona alegre”, “que nunca estoy triste”, “que nunca me enfado”, “ni digo que no” porque así actúan las buenas personas. Me predispondré de un modo no-consciente a estar “siempre de buen humor” y “no sentiré miedo porque no quiero ser un cobarde”, me voy a ir polarizando y limitándome a través de los diferentes introyectos, sin darme cuenta.

De este modo, mi autoconcepto puede ser cada vez más pequeño y limitar mis recursos y necesidades: “soy esto y no aquello”. Me reconozco unos rasgos y no sus opuestos, para poder sentir el amor de mis papás, la aceptación social, y así poder “sobrevivir”.

Tengamos en cuenta que estos “movimientos de introyección y posterior polarización” se producen en edades muy tempranas, cuando la capacidad de aprender y de adaptarnos es altísima y lo absorbemos como esponjas.

De esta forma, aprendemos a ver solamente un polo y desechar su opuesto, nuestra consciencia disminuye, perdemos espontaneidad, autenticidad y herramientas que nos pueden ser útiles en diferentes situaciones. Nos volvemos seres estáticos cuando la naturaleza del ser humano es dinámica.

Tal y como la TG comprende las polaridades, no existe incompatibilidad entre ellas, sino que somos nosotros quienes las juzgamos mentalmente de un modo erróneo como incompatibles. Es cierto que puedo estar contento y triste a la vez, y puedo ser amoroso en unas situaciones y arisca en otras, o puedo ser extrovertida e introvertida en función del momento y la situación.

Uno de los grandes horizontes de la terapia, donde centra parte de su trabajo, es la aceptación e integración de estas polaridades para que la persona pueda sentirse más completa y con más herramientas. 

¿Cómo podemos integrar y aceptar nuestras polaridades y ser conscientes de nuestros introyectos?

El punto de partida es ver hasta donde me permito sentir y expresar cada una de las emociones básicas (enfado, tristeza, miedo y alegría). Además, darme cuenta de qué creencias o introyectos actuaban en mi casa, en el ambiente familiar: ¿qué emoción o emociones estaban permitidas? ¿cuál/es eran rechazadas? ¿qué emocion o emociones estaban prohibidas? ¿qué creencias había con cada emoción, implícitas o explicitas? Y por último ¿cómo me está afectando esto hoy en día? ¿sigo haciendo lo mismo? ¿Ha cambiado alguna cosa?

Este punto es muy importante puesto que, a través de los introyectos y las polaridades, normalmente, estamos evitando sentir ciertas emociones que hemos juzgado como “negativas” y no les damos el espacio que requieren. Puede que hasta nos hayamos insensibilizado a ellas, y no nos demos cuenta de que las sentimos.

Las emociones tienen sus funciones específicas y nos proporcionan información vital para cada uno de nosotros.

La tristeza nos da la capacidad de llamar la atención del otro y tiene la función de disponernos a “soltar”, ya sea una persona, una relación, un trabajo, etc. Surge cuando necesitamos parar, revisar, ir hacia adentro y replantearnos la vida. Permitirnos la tristeza no significa que tengamos que parar nuestra vida de un modo literal y drástico, si no que podemos seguir funcionando con otra energía. Permitirnos la tristeza nos ayuda a regularnos, a darnos espacio a nosotros mismos y a cuidarnos.

El miedo es un mensaje instantáneo que nos puede salvar la vida. Es una emoción primaria que tiene tres tipos de reacciones ante un peligro, huir, quedarme paralizado y atacar. Protegernos ante una amenaza es algo que hacemos casi sin pensar, el miedo es una emoción muy enfocada a la supervivencia. Correr para sobrevivir es responder de forma sana al peligro, lo podemos ver en la naturaleza y en la supervivencia de las especies desde hace millones de años. La funcionalidad del miedo es actuar ante un peligro inminente a mi persona. Con esto podemos decir que hay miedos que son muy reales, los relacionados con sobrevivir, que activan rápidamente el sistema nervioso para poder dar una respuesta efectiva a una situación amenazante.

Por otro lado, en la sociedad actual, nuestros miedos son de otra naturaleza, pocas veces están directamente relacionados con la supervivencia e integridad física, sino que acostumbran a responder a otro tipo de circunstancias. Muchos de los miedos que sentimos hoy en día están más relacionados con cosas que nos imaginamos, hechos que aún no han ocurrido y que nosotros anticipamos como una “profecía”, creyéndonos nuestras suposiciones como si tuviéramos la capacidad de adivinar el futuro. A menudo imaginamos estas catástrofes que nos provocan miedo psicológico por un mal recuerdo de una situación pasada que anticipamos que se repetirá, o bien, por “futurear” algo que no se si va a ocurrir.  

Otra de las cosas que tendemos a evitar hoy día, es a tener contacto con nosotros mismos, quizá con la fantasía de que voy a sentir algo terrible en mí. Tememos a nuestra “naturaleza salvaje” y nos perdemos el experimentar el poder transformador de sentirnos. Podemos ver que la funcionalidad del miedo es una de las más básicas y la que nos ha ayudado a sobrevivir, y a la vez, hay muchos miedos que nosotros mismos nos creamos. Cuando aprendemos a expresar nuestros miedos, tienden a decrecer y a perder parte del poder que ejercen en nosotros cuando no son expresados, a la vez que, la expresión es el primer paso para aprender a andar con ellos sin que me dominen.

Por otro lado, el enfado también tiene su funcionalidad. Debemos aprender a diferenciar entre el enfado y la violencia. La violencia conlleva una agresión, el enfado no tiene porqué contenerla. El enfado nos sirve para poder sentir cuando algo no nos es agradable, nos sentimos invadidos o no respetados y de este modo poder poner un limite. Nos da la información y la energía para poder actuar en consecuencia y de forma coherente con lo que nos está sucediendo. Es la emoción que nos ayuda a decir “no”: no quiero esto, no me gusta lo otro. En su primer grado, el enfado nos ayuda a saber quiénes somos y qué queremos, nos proporciona la capacidad de elección y nos ayuda  a respetarnos. Y a la vez que es destructivo, también es constructivo, ya que para construir hay que destruir.

La alegría nos da la oportunidad de ir hacia fuera y compartir con los demás. Es una emoción de unión que nos ayuda a fluir con la situación y a disfrutar de nosotros mismos y con los demás. A menudo encontramos personas que pasan todo o gran parte de su tiempo muy contentos y es un hecho que la sociedad estimula.  En estos casos podríamos preguntarnos qué introyectos hay detrás de esta alegría “eterna”, puesto que la persona se ha terminado polarizando. Le es más dificultoso dejarse sentir las otras emociones, muy necesarias y reales también en nuestro día a día. De algún modo, cuanto más me dejo sentir la tristeza, el miedo y el enfado, más real y honesta es la alegría que puedo sentir.

A través de los introyectos y de la polarización nos vamos desarrollando y de un modo no consciente no nos permitimos sentir y dar espacio a las emociones. Así, vamos formando nuestro autoconcepto y forjando nuestro carácter. Este está formado por diferentes estrategias que usamos para esconder, esquivar y, en definitiva, no vivir algunas emociones. Las emociones inherentemente forman parte de nosotros y nos proporcionan la información necesaria para poder fluir y sentirnos satisfechos en la vida.

¿Somos conscientes de cómo los introyectos y las polaridades nos afectan en nuestro día a día? ¿Qué pasa con esta “foto parcial” que tenemos de nosotros mismos, cuando decimos que soy esto y no lo otro?

Es muy importante tener en cuenta que cuando hablamos de polaridades e introyectos hablamos de mecanismos o ajustes que aprendimos desde pequeños. Estos, nos han servido para crecer y ser aceptados en sociedad y hay situaciones en las que, quizá ya no nos sirven. La idea es ver cómo funcionan, ver cuando son útiles y en que circunstancias nos condicionan.

Cuando podemos poner luz a estos procesos que funcionan de un modo no-consciente, la tendencia es que queramos deshacernos de ellos porque “los hacemos responsables de nuestro malestar y/o de nuestras limitaciones y de nuestra insatisfacción”. Cabe destacar, que querer desecharlos nos genera sufrimiento. Las emociones surgen y no podemos decidir  qué sentir, y la resistencia a sentir es lo que nos genera sufrimiento, no el hecho de sentir en sí mismo.

Para la TG es de suma importancia: “la integración y aceptación como horizonte terapéutico”. A través de la integración y la aceptación del polo opuesto, podemos generar nuevos “registros” a los ya existentes y vivir más plenamente. Por ejemplo, si me permito sentir el enfado y respetarme cuando me he sentido invadida por mi pareja, puedo poner un limite que el otro puede respetar, y así, des del respeto conectar plenamente con el amor.

¿Cómo pueden estos conceptos estar presentes en las distintas situaciones, como por ejemplo en las actuales circunstancias de confinamiento?

Las circunstancias actuales han hecho que nuestras dinámicas cambien rotundamente, con lo cual podemos estar situados fuera de nuestra zona de confort.

Parece que los primeros días de confinamiento nos permitíamos hacer bromas, memes y lo podíamos vivir hasta con cierta euforia, casi casi como unas vacaciones. Pasados estos primeros días y al ver que la situación se alarga y se agrava, ha habido una “demanda social” de seguir con nuestra vida activa casi “como era antes del confinamiento”. Clases de yoga, cursos de formación online, educación online, teletrabajo, pastelería, reuniones virtuales, llamadas y todo un bombardeo de actividades para no contactar con el vacío y no sentir que “desaprovechamos” el tiempo. Hasta el punto en que puede llegar a ser más activo nuestro confinamiento que nuestro día día habitual.

¿Qué introyecto está actuando en mí estos días? ¿qué creencia está en el fondo de mi quehacer diario? Puede que detrás de esta necesidad de estar en constante “hacer” esté actuando un introyecto similar a “no seas tan vago” “si no haces nada, no vales nada” “tienes que ser alguien de provecho” “el trabajo dignifica” “lo que cuenta es lo que haces no quien eres”…

La Terapia Gestalt inicia un proceso de toma de conciencia para poder identificar qué creencias están actuando en nosotros y de qué manera guían nuestra rutina. A la vez, nos acompaña a poder darnos cuenta de cómo nos polarizamos, como nos limitamos a explorar solo la la mitad de nuestras posibilidades.

Si nos dejamos llevar por ciertos introyectos sin ponerles conciencia,  o nos polarizamos, fácilmente podamos sentirnos con cierta inquietud y angustia puesto que la no expresión de nuestras necesidades y sentimientos nos puede llevar a estados más ansiosos.

¿Qué me pasa cuando empiezo a ser consciente de estos estados?

Según la perspectiva gestáltica, la ansiedad tiene que ver con una emoción que no es expresada. La palabra emoción se podría traducir por energía en movimiento (e+motion) y esta energía necesita ser liberada a través de nuestra expresión. Cuando esto no ocurre, la energía no desaparece sino que se transforma. Vuelve a nuestro cuerpo produciendo diferente sintomatología como puede ser la sensación de ahogo, pinchazos en el pecho, aceleración del ritmo cardiaco, necesidad de comer casi compulsivamente, irritabilidad, etc. También podemos sentirnos aplastados, agotados y sin energía, nos puede costar dormir y descansar, estamos más reactivos e irascibles, nos da pereza hacer algunas actividades, ciertos temas se instalan en nuestros pensamientos y se genera mucha preocupación, junto con la sensación de agobio.

De esta manera, para poder bajar la ansiedad lo que necesitamos es aprender a escuchar nuestro cuerpo, el cual sabe más de lo que nosotros sabemos. Dar espacio a nuestras sensaciones y emociones para conectar con lo que realmente necesitamos en cada momento, y poder facilitarnos la vida estando más presentes en nuestro aquí y ahora.

Con todo esto, podemos concluir, que los llamados introyectos existen, y hay momentos y situaciones en los que nos son muy útiles y eficaces y en otros momentos y situaciones (cuando salen automáticamente, de un modo repetitivo y sin consciencia) en los que nos pueden interrumpir nuestro bienestar y nuestra propia satisfacción. Ahí recae la importancia de poder tener consciencia de cómo funcionamos y como nos relacionamos, para poder conseguir relaciones de calidad con los demás y paz con nosotros mismos.

Helena BellodPsicóloga Sanitària y Terapeuta Gestalt, Miembro titular de la AETG, Directora de la Escola Gestalt de Catalunya-Girona 

Leonardo Gigli, Terapeuta Gestalt.

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